“ Una  vez cuando era niño, tenía que ser muy niño, no recuerdo el momento exacto  cuando ocurrió,  quise hacer un castillo en el aire. Hice un plano de aquella fortaleza,  tenía cuatro inmensas torres y una gran muralla alrededor. Iba a ser de una piedra  grisácea, con acabados de un blanco marfil. Un enorme jardín lleno de sauces llorones,  y fuentes interminables de un agua cristalina. Estaría a unos dos mil kilómetros del  suelo, desde donde pudiera verlo todo, y desde donde todos lo vieran.

 Animado comencé la búsqueda de las piedras grisáceas y del blanco marfil, las semillas  de los sauces llorones y de todas las plantas de mi jardín. Removí cielo y tierra para  descubrir la forma de construirlo en el aire, dediqué mis días y mis noches al plano de  mi castillo flotante, quería encontrar el secreto y por mucho que lo intentaba nunca lo  descubrí.

La ilusión se convirtió entonces en tristeza, me sentía tan frustrado, decepcionado conmigo mismo, pues por más que me había esforzado, no era capaz de construir un castillo en el aire. Los años pasaron y en mi interior la sensación de fracaso se quedó como una marca de fuego, una marca que me recordaba cada día que una vez intenté hacer algo que era muy importante para mí y no lo conseguí. Por supuesto no le conté aquello a nadie, me daba vergüenza admitir mi derrota, cómo iba a contar a alguien que no fui capaz de hacer un castillo en el aire.”

Esta es la historia que le conté en una ocasión a uno de mis pacientes, cuando me confesó abatido que no fue capaz de evitar que su madre dejara de ser alcohólica cuando tan sólo era un niño. Cuando acabé la historia, mi paciente me miró con cara de incredulidad, como si la historia que le hubiera contado no tuviera nada que ver con lo que a él le había ocurrido. Entonces le expliqué que él era como ese niño de la historia. Ese niño que en algún momento, y por algún motivo, se llegó a creer y a convencer a si mismo, que era capaz de hacer un castillo en el aire. El castillo en el aire que intentó hacer fue pretender que su madre superase su adicción, afrontara sus problemas y en definitiva, que fuera feliz.

Hay algún momento de nuestra existencia que somos tan ingenuos que llegamos a pensar que la felicidad de otros depende de nosotros, y hay otro momento, que nos hace más ingenuos aún, en el que llegamos a creérnoslo.

El ser humano tiene la capacidad de conseguir cosas increíbles, por suerte o por desgracia, nuestra felicidad, es algo que sólo depende de nosotros mismos, y la de los demás, sólo depende de cada uno de ellos.

No intentes hacer castillos en el aire, o lo que es lo mismo, no esperes que alguien llegue a ser feliz por lo que tú puedas hacer. Y si una vez, cuando eras niño, tan niño que ni lo recuerdas, intentaste hacerlo y no lo conseguiste, no te sientas culpable ni avergonzado por ello, simplemente, intentaste algo que no estaba en tu mano ni a tu alcance.