La capacidad del ser humano de negar algo, es sin duda una de las cosas que más me siguen sorprendiendo a lo largo de mi experiencia como psicólogo.

Todos hemos negado algo alguna vez en nuestra vida, todos hemos mirado en alguna ocasión hacia otro lado evitando así el contacto de nuestra mirada de frente con el dolor. Porque la negación se basa en eso, en evitar el dolor dando un rodeo hacia la mentira y saltando hacia un vacío emocional.

La negación no es lo mismo que represión. Lo que se reprime es inconsciente, lo que negamos somos consciente de ello pero simplemente preferimos no afrontarlo, y en su lugar ponemos en marcha estrategias de evitación.

Nos alejamos del origen del sufrimiento, nos alejamos de las personas implicadas de alguna manera en aquello a lo que tratamos de evitar, incluso empezamos a dirigir nuestra vida en base a esa premisa; lo que me enfrente lo evito, lo que me mantenga al margen lo abrazo.

Y da igual cuánto de evidente sea aquello que negamos, somos expertos en engañarnos, el ser humano es mentiroso, pero a nadie sabe mentir mejor que a uno mismo, pues las verdades, las nuestras, se construyen en la mente de cada uno de nosotros, y la mayoría son mentiras, o más bien, verdades que no queremos afrontar. El silencio siempre es el mejor aliado del dolor.

El error es el de siempre, el recurso de nuestro cerebro para evitar el dolor, es al mismo tiempo aquello que nos condena al vacío, el recurso se convierte en un cuchillo que se nos clava y la salida hacia la que corremos se convierte en un laberinto en el que quedamos atrapados. La negación no nos permite dar el siguiente paso, quedamos atrapados en la mentira, y cuanto más la agrandamos más nos cuesta salir de ella, cuanto más andamos hacia la negación más nos alejamos de todo y de todos, por lo tanto, más solos estamos.

Todos hemos negado algo alguna vez, pero de todo aquello que podemos llegar a negar, lo que más negamos es la muerte. Como dijo en una ocasión Freud, en el fondo,  cada uno de nosotros  creemos en nuestra propia inmortalidad, en la de nosotros y en la de aquellos a los que queremos. Yo diría que hacemos un esfuerzo considerable en no pensar en absoluto en la muerte, la separamos de la vida como si nada tuviera que ver con ella, nos aferramos a la fantasía de que somos inmortales, de que mi mamá es inmortal, mi mujer es inmortal, mi hijo es inmortal…

Pero hay personas a las que un día la vida les precipita a la realidad, más bien les arroja. Son aquellas personas que acaban de recibir un diagnóstico de cáncer, bien propio o de un familiar cercano. En esos momentos las palabras retumban en la cabeza y todo se vuelve confuso. El proceso de negación se pone en marcha y el reloj empieza una cuenta nueva, que a veces es hacia atrás y a veces hacia delante, pero siempre una cuenta nueva. A partir de ahí, la negación puede durar unos segundos, unos minutos, unas horas, o toda la vida.

A partir de ahí, podemos pasar mucho tiempo tratando de escapar, tratando de evitar, podemos silenciarnos y silenciar a los que intenten hablarnos, podemos quedarnos solos o rodearnos de quien no sepa nada, pero absolutamente ninguna de las estrategias de evitación de nuestro dolor que tomemos cambiará la realidad que desde ese momento nos cierne, y es que el tiempo que pasamos negando es tiempo que perdemos afrontando, luchando y viviendo.