EL suicidio forma parte de la realidad en la que vivimos, pero la realidad, es una historia que muy pocos quieren oír, es como una película de Almodovar, cruda y  con final infeliz que deja una sensación de cutredad y simpleza. Vivimos en la época del aparentar, del tanto tienes tanto vales, en la que lo material se convierte en condición de felicidad, en la que los valores y la actitud se entierran bajo montañas de etiquetas, y en la que se juzga a base de un simple vistazo. La realidad es una historia que muy pocos quieren oír, porque se parece muy poco a lo que nos han contado desde pequeños, ese cuento de Cenicienta y Aladino  incrustado en el inconsciente de todos; o eres príncipe con un reino o debes convertirte en uno, o eres princesa en un castillo, o debes llegar a serlo.

Y lejos de querer cambiar esta fantasía, aún la estrategia de la industria de la tristeza solo pretende hipnotizarnos  más, incluso surgen corrientes cuyo propósito deliberado consiste en hacernos creer que todo está bien, en camuflar los paisajes toscos de una realidad que no vende, y en silenciar las voces que cuestionan, esa voz del niño que todos fuimos un día y que siempre preguntaba: ¿por qué? Aún hay algunos que van dando conferencias y llenando teatros cuyo mensaje consiste en hacerte creer que si te sientes mal es porque tú quieres, que si te repites mil veces soy feliz puedes llegar a serlo, que si te repites mil veces soy capaz serás capaz, y que si cierras los ojos y te esfuerzas para hacer desaparecer tus problemas cuando los abras ya no estarán ahí, o que si lo están ya dejarán de molestarte.

De mientras, en la realidad, la frustración sigue sobrepasando a las mentes cansadas, cansadas de tirar de tanto o cansadas de tirar con tan poco, de mientras que los magos hacen su función ante la mirada de la masa atenta, en el callejón de atrás, muchos se rinden ante la imposibilidad de seguir tocando las palmas, de seguir aplaudiendo una función en la que se les fue la vida, porque la vida,  han llegado a creer que es eso que ellos no tienen. Son las víctimas de la industria de la tristeza.

No voy a ser yo quien venda humo de colores para desdibujar la realidad, ésta, como en las películas de Almodovar, es en la mayoría de ocasiones cruda y llena de dolor, en muchas, de verdad, en muchas, incluso muy cruel. Sólo hay dos hechos que realmente pueden cambiar la incertidumbre de un futuro en el que no hay futuro. El primero de ellos es que podemos abrir los ojos, despertar de la hipnosis colectiva de esa melodía de la industria de la tristeza que nos lleva al precipicio como humanidad. Y la segunda, el libre albedrío. Ese que aunque sepamos que todo está determinado, hace que nada sea previsible. Que aunque la experiencia deje una huella, y  esa huella sea determinante, no podamos predecir el devenir que implicará, lo que significa que podemos cambiar las cosas, pero eso, no nos engañemos, es una tarea complicada, ardua y lenta. La recompensa; LA VIDA.