La adolescencia no sólo es una etapa complicada, es un momento crucial en el desarrollo del joven, y en la que debemos de aunar todos nuestros esfuerzos y recursos para hacer que su paso no sólo esté ausente de problemas, sino que pueda ser aprovechado al máximo de cara a un óptimo crecimiento emocional en la vida adulta.

No es sólo la cantidad de cambios evidentes a los que se enfrenta un adolescente, ni si quiera sus escasos recursos cognitivos y materiales para hacerles frente, la importancia de la adolescencia reside más bien en aquellos cambios que no son visibles al ojo desentrenado y que tienen más que ver con aquellas variaciones que se producen en la vida interior del joven.

Los recursos emocionales  del adolescente vienen en buena parte adquiridos de edades más tempranas, esto quiere decir que haber dotado al joven en sus primeros años de vida de los recursos necesarios hará que estos sean mayores no sólo en cantidad sino en calidad. Por el contrario, el haberle privado de recursos hará que el adolescente sufra una carencia que se volverá crucial en el afrontamiento de los nuevos retos emocionales con los que tendrá que lidiar.

Y es que ciertamente, si los recursos emocionales no son los suficientes, el desarrollo del adolescente se verá en el mejor de los casos retrasado, dando lugar a un sinfín de problemas que pueden  culminar con la aparición de trastornos psicológicos o una vida adulta frustrada.

Es por ello la importancia de una intervención en la adolescencia, como si de una puesta a punto de un motor se tratase, el motor de las emociones, ese que impulsa nuestra vida desde el  principio y nos dirige en una dirección u otra.