Una vez leí que el olvido es un acto involuntario, que cuanto más quieres dejar algo atrás, más te persigue. Es curioso las muchas maneras que tiene la mente de hacernos olvidar que hay algo que aún recordamos, y por mucho que haya pasado el tiempo y haya entendido el proceso, me sigue pareciendo una paradoja difícil de entender.

Me llamo Carla, tengo 29 años y soy una mujer segura, decidida, independiente y en plena lucha activa por conseguir todos y cada uno de mis sueños. Pero lo cierto es que no siempre fue así…

Todas las historias comienzan por el principio, pero lo cierto es que muy pocas veces somos conscientes del comienzo de las cosas. Por eso empezaré contando el momento en el que acabó todo, como suele decirse, el principio del fin, ese que supuso el comienzo de mi nueva vida, porque como pronto aprendí, detrás de cada final, hay un nuevo comienzo.

En aquel momento me acababan de despedir del trabajo, más bien me eché yo misma por mi falta de concentración, mis continuos fallos y olvidos, y me tremenda inseguridad a la hora de hacer cosas que llevaba mucho tiempo haciendo. Y a pesar de las llamadas de atención por parte de mi jefa, ese día, la empresa me comunicó que ya no contaba conmigo.

Puede que os parezca extraño, pero incluso sentí alivio, el levantarme cada mañana para ir al trabajo se había convertido en un motivo de ansiedad, de preocupación, el simple hecho de tener que pensar que ponerme para ir al trabajo me creaba ansiedad, cada tarea que realizaba me suponía un mundo, las reuniones me acabaron dando verdadero pánico. Sí, el día que me despidieron sentí alivio porque pensaba que ya no estaba preparada para aquel trabajo.

Fue quizás entonces, cuando tuve más tiempo libre, cuando empecé a descubrir cosas a las que había estado ajena.

La primera de ellas, que estaba sola, tremenda y profundamente sola. Me había ido alejando poco a poco de mis amigas, hasta tal punto que ya no hablaba apenas con ninguna. Mis relaciones sociales se habían reducido a conversaciones de ascensor y desayunos en el trabajo y algún whatsap esporádico de alguna amiga felicitándome por mi cumpleaños o preguntándome cómo estaba. Y lo cierto es que con mi familia no era mucho mejor, la relación de mi pareja nunca fue buena con ellos y por evitar enfrentamientos cada vez los veía menos. Incluso llegué a enfrentarme a mi padre con el que apenas me dirigía la palabra.

Una sensación de profunda tristeza se apoderó de mí entonces, y un peso en mi nuca continuo me hacía caminar con la cabeza agachada. Mi aspecto físico fue empeorando poco a poco, ya apenas me arreglaba, dejé de mirarme al espejo, porque hacerlo me suponía acabar llorando al no ver ni si quiera el reflejo de lo que un día fui.

En aquel momento traté de apoyarme en mi pareja, la cual por cierto se había convertido en mi único apoyo desde hacía mucho tiempo. Para ser sincera sólo pasaba tiempo con él, lo hacía todo junto a él y cada cosa que hacía sin él, la hacía pensando en él, como cuando iba a comprar al supermercado y compraba cosas que sabía que le gustaban y ni miraba las cosas que me gustaban a mí. La verdad es que en poco tiempo se convirtió en el centro de mi existencia. Recuerdo que cuando lo conocí algo me dijo en mi interior que era el amor de mi vida, me enamoré tan profundamente de él. Y era tan atento, tan seductor, tan detallista, me hacía sentir especial y sobretodo, protegida, cuidada, amada…

Pero poco a poco las cosas fueron cambiando, los detalles brillaban por su ausencia y las muestras de cariño se mezclaban con explosiones de ira por cosas que yo no entendía muy bien, como cuando me dejaba el móvil en silencio y no le respondía a tiempo, o cuando un chico miraba mi escote y me culpaba de ir provocando. De repente me volví celosa, y lo que antes no me había importado empezó a causarme inquietud, como verlo hablar sonriendo con una chica guapa, aunque fuera al preguntarle dónde estaba una calle. Él también se fue volviendo cada vez más celoso, pero lo cierto es que eso me reconfortaba, porque significaba que yo le importaba, que le seguía gustando. Recuerdo que alguna vez incluso provoqué algunos de sus ataques de celos, porque aunque acabara insultándome y gritándome, al mismo tiempo sentía que aún me seguía queriendo, aún seguía queriendo que fuera suya, ser suya… a eso me reduje como persona, a un objeto cuya voluntad quedó reducida a la voluntad de otro, al deseo de otro.

Me llamo Carla, tengo 29 años y soy una mujer segura. Pero lo cierto es que no siempre fue así…